martes, 14 de mayo de 2013

Cómo defender la naturaleza y ser feliz en el intento: La valiente labor del guardaparque peruano

Reportaje diario El Comercio

Luego de un día de intervenir a taladores y caminar por quebradas peñascosas en busca de monos aulladores, Yufani Olaya, guardaparque tumbesino desde hace 22 años, se sienta por fin a descansar. A su lado aparecen los restos exhaustos de esta sedentaria que quiere dejar de serlo hace mucho tiempo. Nos acomodamos en las escaleras de madera de uno de los puestos de Cerros de Amotape, las que se han debilitado por la humedad de este bosque. Me mira cansado.

“Nadie nos va a hacer un monumento por este trabajo. ¿Pero, sabes qué me hace feliz? Saber que alguien que taló ya no lo hará más, al menos por un tiempo, porque lo hemos atrapado. Me hace feliz caminar hacia adentro del bosque y quedarme parado con mis binoculares y mi libro de aves y esperar. Por ahí vuelvo a descubrir una nueva especie en esta zona”.

El de Yufani era un cansancio de satisfacción.

Hace un buen rato le había preguntado por qué escogió un trabajo así, en el que se labora tres semanas seguidas y solo se ve la familia una vez al mes, en el que las amenazas de los que quieren acabar con el bosque no dejan dormir y la recompensa muchas veces se pasa de largo. Todo depende del lado por donde se mire. Yufani decidió hace 22 años mirarlo por el lado feliz.

Avanza sin miedo y vencerás
La naturaleza enseña que la experiencia se basa en el ensayo y error. Uno entiende que no hay que sostenerse de ramas sin mirarlas porque aún se recuerda el dolor de esa mordida de araña; uno sabe que no debe molestar ni a una ardilla porque se lleva una cicatriz que atraviesa la mano. Ilme Alemán, otro de los 14 guardaparques del Parque Nacional Cerros de Amotape, encontró una vez unos cachorros de león jugando como gatos. Aprendió a no acercarse a ellos cuando lo enfrentó la madre leona, furiosa.

En este momento, mi reto es atravesar el sinfín de rocas resbalosas a lo largo de la quebrada Faical, mientras caminamos para ver al monocoto. Hacia una hora habíamos escuchado una tropa dirigirse por este camino. “Parecen perros”, le digo a Ilme y se ríe.

Ahora Ilme no ríe, sino que me mira con paciencia. Me siento la inútil del bosque. “La clave es perder el miedo a las piedras”, me anima Ilme, y se va saltando por ellas como si fueran nubes. A lo lejos, mi cara de desamparo solo se recompone cuando él regresa por mí. Eso era nada. Para atravesar el bosque hay que trepar, ensuciarse, mirar al piso, al frente y arriba.

La intervención a taladores también es parte de su tarea cotidiana y la más complicada. A las 11 a.m. de ese día, bajo un árbol de algarrobo, encontramos un camión listo para llevarse madera fresca. Como esta vez la intervención es en el área de conservación regional, los guardaparques toman distancia pero acompañan a la policía y al municipio que administra esta zona. Mientras el hombre que estaba en el camión trataba de explicar que tenía permiso –en Tumbes ya nadie tiene permiso para talar–, a lo lejos escuchamos una motosierra que se confundió por un momento con las aves.

“Pero no siempre se tiene éxito”, dice Yufani. Él cuenta que cuando se atrapa al talador, este negocia con la policía o la fiscalía y en la tarde sale libre y con todas sus herramientas. Hay asuntos en los que la experiencia no basta.

Ya es de noche y las luciérnagas nos rondan. Yufani ha empezado a contarme sobre sus hijos, Ralph Steve y Stacy Marilyn. “Los nombres los saqué del libro de visitas”, dice y su risa opaca el sonido de los grillos. Su hija estudia medicina veterinaria. Tal vez quiera venirse al bosque, espera él. Así podría verla más seguido.

La lluvia comenzó y nos obliga a entrar. Mañana hay que levantarse antes que el día para ver a las aves que tanto encantan a Yufani, a las que con un silbido reconoce hasta con nombre científico. Él descubrió una nueva especie para Tumbes, el ave tigre. “Algún día haré mi libro” , dice y le creo. Me parece que nada es imposible para ellos.

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